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En
esta vida hay muchas personas agradables con las que da gusto trabajar
y con quienes podemos colaborar para sacar adelante iniciativas complejas;
pero también es cierto que existe el polo contrario, es decir,
personas que parecen tener un único objetivo en esta vida: amargarte
la existencia a toda costa. Si no sabemos gestionar correctamente nuestras
emociones, estas personas pueden poner en riesgo nuestro puesto de trabajo,
ya que pueden conseguir que estallemos en el momento más inoportuno.
A
lo largo de nuestra carrera profesional son muchas las ocasiones en las
que tenemos que cooperar con otras personas para sacar adelante un proyecto.
En la mayoría de ellas no hay una selección previa de personal,
sino que los integrantes del grupo vienen impuestos por el departamento
de personal o por el propio cliente. Por tanto, las personalidades que
nos podemos llegar a encontrar en dicho colectivo pueden llegar a ser
de lo más variopintas.
Dentro
de este elento de personalidades nos podemos encontrar con aquellas con
las que conectamos
casi inmediatamente, son casi como almas gemelas con las que hemos compartido
media vida y con sólo una mirada sabemos lo que quiere. También
nos podemos encontrar con aquellas un poco más introvertidas y
cuya confianza nos resultará más complicada de ganar, pero
al final se abren como las flores al llegar la mañana. Y luego
están las personalidades que, independientemente de lo que hagamos,
no conseguiremos conectar con ellas a menos que salgamos del proyecto.
Y son estas últimas las que nos pueden arruinar el día,
así que hablemos un poco más de ellas.
Una
persona
puede modificar su comportamiento habitual y hacerlo más negativo
por diversas razones. Una de estas razones puede ser: la envidia. La envidia
no es mas que el deseo de algo que no se posee. Y por tanto, este sentimiento
puede venir provocado por la imagen del otro, por sus compañías,
por su recorrido profesional, o por la forma positiva en que trata al
resto de compañeros. Puesto que es un sentimiento provocado por
aquello que no poseo, la envidia también puede surgir como respuesta
a la pérdida de unos privilegios que había adquirido con
el tiempo y que, ahora, he perdido. Algo similar a lo que les ocurre a
algunos niños cuando nace su nuevo hermanito.
Otro
de los factores que puede hacer que se active un comportamiento negativo
en las personas es: el miedo. Si, el miedo puede inmovilizarnos, paralizarnos
de tal forma que nos permita mimetizarnos con nuestro entorno para que
el depredador no nos vea y siga su camino; pero también nos puede
volver más agresivos frente a aquello que nosotros entendemos como
una amenaza. Y la amenaza, en nuestro caso, puede ser ese compañero
de trabajo que nos puede quitar nuestro ascenso, o por el cual podríamos
perder nuestro trabajo. ¿Y qué hacemos si no sabemos gestionar
nuestras emociones? ¡Atacamos!
Bien,
ya conocemos algunas de las razones por las que la otra persona puede
cambiar su comportamiento y hacernos la vida un poco más complicada;
pero ¿cómo reaccionamos nosotros? ¿Sabemos gestionar
las emociones en este tipo de situaciones?
La
primera vez que nos ocurre algo de este tipo es muy posible que nos sorprenda.
Incluso es posible que lo dejemos pasar, que no le demos importancia,
o que lo tratemos como una chiquillada que no volverá a pasar.
Desafortunadamente, en la mayoría de los casos, vuelve a ocurrir
¿y qué hacemos entonces?
Las
personas cuya autoestima se encuentra por los suelos es muy probable que
no hagan nada al respecto. Inicialmente se pueden sentir sorprendidas,
incluso perplejas por la actitud de la otra persona hacia ellas, pero
se quedarán impasibles. La falta de confianza en sí mismas
evitará que puedan tomar cualquier resolución para atajar
el problema. En el mejor de los casos se juntarán un día
con sus amigos más allegados y realizarán una terapia grupal
para desahogarse y quitarse esa carga que las viene aplastando el pecho
durante las últimas semanas.
Así,
el sentimiento de rabia hacia la otra persona seguirá aumentando
de manera exponencial. Con el transcurso del tiempo es posible que esta
situación nos pueda llegar a generar una depresión y no
queramos ir a trabajar. Pero también puede suceder que, un día,
tengamos las fuerzas necesarias para levantarnos de la silla y decirle
cuatro cosas a ese individuo. Cuatro cosas que pueden salir de nuestra
boca de forma descontrolada y con consecuencias muy graves.
Llegados
a este punto deberíamos diferenciar dos tipo de personas que pueden
llegar a tener este tipo de explosión emocional. Por un lado estarían
aquellas personas a las que llamaremos suicidas, masoquistas que no dudan
en lanzar al aire todo tipo de comentarios con el único fin de
ser despedidos. Lo único que desean estas personas es ser castigadas
por su superior, porque en el fondo gozan siendo maltratadas por la otra
persona. A estas personas no las importa las consecuencias que sus acciones
puedan tener sobre su carrera profesional.
En
el lado opuesto están las personas a quienes les importa su carrera profesional
pero quienes han ido acumulando una carga emocional de tal magnitud que
tiende a explotar en el momento más inoportuno, arruinando de esta forma
todo lo creado hasta el momento. Estas personas no gozan con la humillación,
sino que desean el respeto de sus compañeros y superiores, pero es la
ausencia de autoestima en ellas lo que las lleva a este punto de no retorno.
Si
bien las primeras son kamikazes que arriesgan de forma temeraria su carrera
profesional, y poco puede hacerse por ellas, las segundas pueden salvarse
de la quema si desarrollan su habilidad para gestionar sus emociones,
si desarrollan su autoestima y comienzan a quererse un poco más a sí mismas.
Por
el contrario, las personas con la autoestima más alta tomarán
cartas en el asunto para evitar que la cosa vaya a mayores. Para ello
marcarán sus límites personales, es decir, le dirán
de forma asertiva a la otra persona lo que les parece bien y lo que nos
les parece tan adecuado de su comportamiento. Incluso les podrán
decir cómo se han sentido al ser tratadas de esa forma. En el mejor
de los casos podrán analizar qué les ha llevado a esa situación
y cómo llegar a un entendimiento sin que para ello esté
en juego su puesto de trabajo.
Es
importante recordar que todas las personas tienen sus límites.
Si no sabemos cuáles son nuestros límites tendremos que
buscarlos, ya que la ausencia de fronteras puede hacer que personas sin
escrúpulos se aprovechen de la situación y nos aprieten
las tuercas hasta que no podamos más y estallemos emocionalmente.
De ahí la importancia que tiene la autoestima. Sin ella no seremos
capaces de levantar una brizna de hierba, y mucho menos de defendernos
de los ataques de los demás. Desarrollemos por tanto nuestra autoestima
para poder tener un lugar dentro y fuera de la empresa.
Una
vez hayamos fortalecido nuestra autoestima, desarrollemos nuestra habilidad
para escuchar al otro, para averiguar qué le ocurre, así
como para decir las cosas de forma asertiva. El marcar nuestros límites
evitará que la gente se aproveche de nosotros y nos permitirá
colaborar con el otro desde nuestra posición.
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